viernes, 30 de enero de 2015

DAVID EL CURRANTE

David se mata a trabajar. Tiene una caprichosa mujer y cuatro hijos que alimentar. Al igual que como muchos otros hombres con los que comparte profesión, ha de viajar muchísimo bregando en los trabajos esporádicos que le van saliendo. Sin mucha cultura general, David se dedica, entre otras cosas, a marcar, apilar y ordenar ladrillos que lleva sobre su abdomen. Corre kilómetros y kilómetros de un lado a otro con sus incómodos zapatos de seguridad y como no, trabaja todos los días incluso fines de semana. Llueva, truene, haga calor o frío extremo, nunca debe dejar sus quehaceres. Todos sus jefes se comportan igual: le exigen que dé lo máximo y siempre le están gritando y corrigiendo. La protesta no es una opción, le puede costar el puesto. Aunque no le importa demasiado, ha de trabajar en slips sudando a chorros o pasando frío, mientras tanto es observado por multitud de gente quienes de vez en cuando le insultan queriendo provocarle. Otras veces hace su labor con tanta precisión que es todo lo contrario, sólo recibe loas. Es por ello que David, teniendo en cuenta lo que se ve hoy día,  no se queja. Su trabajo le permite estar en unas condiciones físicas inmejorables, cobra puntualmente y tiene un buen seguro médico. Un domingo, su jornada laboral expiraba y vio como un niño lloraba detrás de una valla que lindaba con su zona de trabajo. David se dirigió hacia él y le entregó algo. El niño cambió su expresión instantáneamente, miró a su padre y le dijo: Beckham is the best, Dad!

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